El arte de lo improbable

Aurora Triumphans, c. 1886.
Evelyn de Morgan (1855-1919).

 
Traducir es el arte de lo improbable. De reconocer en las palabras la imposibilidad seductora de los espacios en constante construcción; de silencios que hablan hasta el borde de la sordez. De oír y de hacerse puente entre orillas de un río que no va en una dirección o en otra, sino que se despliega en busca de la tercera y más enajenante de todas ellas: la palabra no dicha de un sentimiento que recorre recodos y rincones, universal en sus habitaciones, hermano en sus intensidades, visceral en sus urgencias y dolores.
Hay quienes la consideran una tarea maldita, por empeñarse en reproducir en otro idioma los ecos de lo indecible. Desde Heiddeger hasta Benjamin y de Wittgenstein a Derrida no fueron pocos los que volcaron sus atenciones sobre esa espina, proyectando luces y sombras de muchas y distintas intensidades. Como en un teatro chino.

Heiddeger dice que todo el pensamiento gestado en Occidente durante los últimos milenios es una mala versión de los conceptos del griego que se tradujeron al latín. Traducciones que terminaron por matar la veta, produciendo grietas donde antes florecieron vidas en sus más incontables pluralidades.

Benjamin fue sin duda el más puntilloso teórico de la traducción del siglo XX. En su ensayo "La tarea del traductor" (Aufgabe, que significa tanto tarea como vergüenza, lo que nos habla también de la amplitud laberíntica de esa labor) reivindica para la traducción el carácter de género literario independiente y propio. Vislumbra la traducción como una tarea única que se agota en el mismo embate de traducir.

Derrida retoma varias claves de Benjamin con aportaciones propias, al recuperar la traducción de la traducción, con lo que busca resaltar la reinscripción de la metafísica, la resistencia a los nombres propios, la "traduction anasémique".

En Wittgenstein la cuestión aparece en forma más implícita, pero no menos contundente. Encuentra bases en el análisis del empleo de algunas expresiones cotidianas desplazadas de sus respectivos ejes (llamadas por él "juegos de lenguaje"), señalando, a efectos de traducción, la aporía y el exilio dentro de un mismo idioma.

[...] El traductor, siendo el más infatigable discutidor, es un curioso de la lengua y de los sueños y es capaz de hacer temblar de dudas el silencio de cada texto; el tejido de historias, de dolores y de cosas que de tan inmensos no caben en lo escrito, que de tan coloridas no pueden dibujarse y de tan abiertas no llegan a encontrarse.

CARVALHO DA SILVA, Simone Andréa. "Juan Rulfo en Brasil" [texto íntegro anotado], en Club Cultura.