Sánchez Lizarralde: caóticas capilaridades


Tren albanés, 2009.
Kopaszsop, en Flickr.


Desde el momento en que me hicieron la propuesta de participar en este debate acerca de los flujos culturales y literarios del centro a la periferia y viceversa, entre distintas periferias y distintos centros, ando dándole vueltas al fenómeno de la transmisión y extensión de los productos culturales de unas partes a otras del planeta y aunque, al principio, ante la sugerencia de los organizadores de acudir a la semejanza con los “vasos comunicantes”, creía haber encontrado alguna respuesta oponiéndome a tal imagen, luego, a medida que meditaba en la forma de abordar el asunto para esta tertulia, las preguntas se han ido sumando, encabalgándose unas sobre las otras, sin que alcance a encontrar apenas un par de respuestas satisfactorias.

Parece claro que la imagen de los vasos comunicantes no sirve. En primer lugar porque reducir la cultura o la literatura a la condición de un fluido que obedezca a las leyes mecánicas de la gravedad conduce necesariamente a un simplificación. No porque la literatura sea más importante que los fluidos para los seres humanos, sino porque parece estar constituida y comportarse de modo diferente en su movimiento. Por otro lado, si lo pensamos, lo atractivo en la metáfora de los vasos es la segunda parte del sintagma, el calificativo de comunicantes, que nos evoca un proceso de movimiento más o menos uniforme por debajo de la superficie que conduce a la igualación indefectible de los niveles en localizaciones diferentes del sistema. Todo muy tranquilizador. Pero aquí las objeciones se me antojan todavía más serias. La primera consiste en la constatación de que no existe ni puede existir tal igualación de los niveles.

Pero además, y aquí es donde me parece a mí que fracasa definitivamente, la metáfora presupone la existencia de un estructurada red de tubos, canales o cloacas horizontales, subterráneos o no, que deberían comunicar entre sí los otros tubos o cilindros verticales y emergentes donde se alcanzaría el feliz logro del intercambio. Y esa red no existe.

Ya entonces, cuando discutía con los directores del café a este propósito, se me ocurrió que las tentativas de respuesta debían aludir a procesos más complejos, con mayor cantidad de variables y factores, en realidad a algo parecido a un caos en el que pudiéramos rastrear algunas trayectorias, corrientes, fuerzas centrífugas y centrípetas... A fin de cuentas, la vida humana (el objeto de la literatura) es algo ciertamente complejo, y parece que variado, resistente a la clasificación.

Como consecuencia, me seduce a menudo la tentación de convertir mi intervención en un relato, una narración, por ejemplo, de mi propia vida, o de una parte de ella: un individuo español, temprano resistente al franquismo, viaja a Albania por solidaridad militante, donde vive durante unos años y trabaja para el régimen en asuntos de propaganda. La experiencia lo transforma a él en diversos aspectos pero, además, al regreso y desaparecido el sistema al que creyó ayudar, poco a poco lo aprendido le permite o le empuja a convertirse en un puente, en un instrumento de enlace entre dos territorios culturales que hasta entonces prácticamente se ignoraban (sobre todo de allá para acá). Aparte de la paradoja vital misma, creo que interesa en esta oportunidad el mecanismo de comunicación: la casualidad, el caos. Es verdad que el caso es singular pero cabría aducir aquí también el de Jusuf Brioni: encarcelado por el régimen de Enver Hoxha, se libró de la prisión por decisión del dictador para que tradujera al francés sus propios textos... y más tarde se convirtió en la voz francesa de Ismail Kadare para contribuir a su conocimiento y éxito en toda Europa occidental... Conozco casos, con diferentes grados de semejanza, que tratan de Rusia, Hungría, Serbia, Rumanía...

Se presenta para mí como una certeza el hecho de que los productos de la mente humana poseen una marcada e intrínseca tendencia a difundirse, a expandirse, para acumularse después unos sobre otros, sustituirse, mezclarse o fertilizarse. Desde siempre. Y puede que esa sea una de las características esenciales y definitorias de las sociedades que constituimos (tal vez por eso, también, todo intento programado de impedirlo, desde dentro o desde fuera, por parte del Estado o sus gobernantes conduce tarde o temprano al debilitamiento de estos, incluso a su quiebra y su fracaso). En lo que al tema que nos interesa se refiere, eso significa que toda cultura, cada cultura, es ni más ni menos que la suma o la amalgama de los influjos culturales que la van constituyendo; que no existe cultura ni literatura alguna constituida ex nihilo en ningún país ni en ninguna lengua.

En la indagación nos ha surgido otro elemento que podemos identificar como constitutivo de la cultura y al tiempo como parte de su mecanismo de expansión y comunicación: la traducción. Toda cultura y toda literatura son, también, desde siempre, traducción.

Pero estamos hablando de literatura a comienzos del tercer milenio, después de la desaparición de los bloques y en el comienzo de algo que se ha dado en llamar globalización. Este término, en lo relativo a la literatura, sugiere (que no designa) algo así como una “intercomunicabilidad” universal, propensión a la uniformidad, ausencia de fronteras, tendencia a la supresión de las diferencias. El concepto se ha originado en el ámbito de la economía y las finanzas, y luego ha invadido, con su tremendo poder, otros territorios en los que ya no parece necesitar concreción ni definición, sencillamente impone, evoca despóticamente, con lo que acaba resultando a nuestros efectos más insidioso que las metáforas extraídas de la mecánica de los fluidos.

Aceptemos por obvia la existencia y desarrollo creciente de unos medios técnicos de reproducción y difusión de los productos de la mente humana que permiten su llegada a cualquier punto y persona del planeta que los posea en poco más de un instante. Por otra parte, esa globalización económica y política nos ha tornado, por primera vez, conscientes a muchos millones de personas en la Tierra del alto grado de interdependencia de nuestros respectivos destinos. La literatura y la creación cultural están decisiva y definitivamente marcadas por ese hecho.

Ahora bien, eso no significa ni mucho menos, como bien sabemos, que nada se oponga al venturoso entendimiento general. Existen infinidad de factores que actúan, en diferentes sentidos, sobre el proceso: los mediadores culturales (editores, medios de comunicación, gobiernos); el diferente grado de extensión de la libertad (de creación y de expresión, lejos de constituir un bien generalizado en el planeta); la diferente estratificación de los influjos culturales que en ámbitos diferentes determina actitudes y predisposiciones asimismo diferentes...

Pero a mí me interesa destacar aquí un factor que, me parece, ejerce un influjo notable en el momento y espacios a los que queremos aludir. Me refiero a las específicas mentalidades. Para ir directamente al grano, porque ya estoy próximo a agotar mi tiempo: las dos mitades de Europa, la del Este y la del Oeste, sus poblaciones, han tenido experiencias radicalmente diferentes durante el último medio siglo. Los términos libertad, democracia, opresión poseen notables diferencias de matiz en un territorio y en otro; pero también innovación y tradición, clasicismo y modernidad. Los niveles de sufrimiento de los seres humanos de ambos lados han sido diversos a lo largo de ese periodo y lo son todavía, de igual modo que las fuerzas que lo han causado; y todavía más importante a nuestros efectos: la percepción de todo ello por parte de las ciudadanías todavía es más diversa. Eso alimenta recelos, incomprensiones, pervivencia de viejos mitos, rechazos y adhesiones diferentes en cada caso. Barreras para la comprensión y el intercambio, para que se acepte como propia y humana la vida que la literatura trata de re-crear.

Luego está la necesidad de olvido que parece afectarnos a todos en distintos momentos. Pero son cosas diferentes las que cada uno queremos olvidar (sin acabar de conseguirlo); cada cual experimenta sus propias heridas como diferentes, o se lame las cicatrices como si fueran exclusivas e irrepetibles. Además, nos encontramos en fases distintas de olvido, incluso en el interior de cada uno de esos hipotéticos territorios.

Percibo que en la zona oriental de Europa se expande la percepción, en términos de reclamación incluso, de que la otra parte está obligada a hacer un esfuerzo de comprensión, de incorporación a su conciencia de las experiencias propias. Y viceversa, no son pocos los de por acá que piensan, o sienten, que los otros tienen todavía mucho que aprender y que “no tienen ni idea” de lo que nos ha costado alcanzar la feliz prosperidad que poseemos.

Por debajo de los procesos de integración económica y política continúa campando la vida, a veces a contracorriente de aquellos. Y me temo que, por el momento, no podemos ser demasiado optimistas. Aquí, en el fondo, todavía, da lo mismo lo que pase allí si no perjudica en exceso nuestro sosiego; y al revés, allí da lo mismo lo que pase aquí, si no desmiente demasiado brutalmente sus certezas y esperanzas.

Habremos de traducirnos mucho más, reunirnos mucho más, enviar delegaciones, turistas, trabajadores, escritores y cantantes de un lado para el otro (también ministros y funcionarios, pero en eso prefiero no entrar). Hasta que alcancemos a nombrar con claridad, los unos en la presencia de los otros, las cosas que nos importan y nos perturban, muchas de las cuales tampoco yo he llegado a nombrar aquí aunque conozco algunas. Tal vez en ese cometido les esté reservado un papel especial a los extrañados, los desarraigados, los traductores, los exiliados. Porque tienen, como nadie, conocimiento de las dos orillas. Y más necesidad del recuerdo. Aunque también corren mayor riesgo que nadie de confundir su memoria con la realidad.

SÁNCHEZ LIZARRALDE, Ramón. "Caóticas capilaridades", Centre de Cultura Contemporània de Barcelona, 2004 [artículo íntegro en formato PDF].
CAFÉ EUROPA – LA HABANA