En aguas revueltas...


Si el veneno es la crisis, el antídoto es la prudencia. Todavía hoy, las editoriales españolas se mantienen a salvo de la penuria general. El libro, barato y casi perfecto, parece la gran alternativa de ocio. 2008 fue boyante. A falta de que la Federación de Gremios de Editores de España haga público en junio los datos más fiables, Michèle Chevallier, directora de la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros (CEGAL), aventura que las ventas crecerán un 3% respecto a los cerca de 3.200 millones de euros de 2007.
Pero ¿hasta cuándo serán los libros una isla en el océano de la recesión? “La crisis afecta a todo el mundo, y es absurdo pensar que a nosotros va a seguir sin afectarnos”, apunta Sigrid Kraus, responsable de Salamandra, la editorial de El niño con el pijama de rayas y Harry Potter. De hecho, la última entrega del niño mago, las nuevas novelas de Ken Follet y Ruiz Rafón y el millonario Crepúsculo de Stephenie Meyer engordaron las cuentas del año pasado. A la vista del sombrío panorama financiero, el mundo del libro ha empezado a aplicar recetas para cuando las nubes de la crisis descarguen la tormenta.
Menos títulos. La palabra clave es prudencia, algo que en boca de un editor se traduce por recorte de títulos y ajuste de tiradas. En los últimos años no ha parado de crecer en España el número de títulos editados: alrededor de 70.000, de los cuales unos 40.000 serían novedades. El resultado de una oferta superior a la demanda era una burbuja en la que los libros apenas calentaban su sitio en las mesas de novedades.



¿Estalla la burbuja? Más bien, se desinfla. Algunas editoriales calculan que en los próximos dos años reducirán hasta en un tercio el número de novedades que publican. Es la tónica general. Los sellos intermedios se mantienen - Tusquets reducirá un 15% y Anagrama se queda en 75 títulos- y los pequeños nacieron para mantenerse y les va bien: “Publicamos 12 títulos al año. Con menos no encontraríamos distribuidor”, apunta Carola Moreno, de Barataria, galardonada, junto a otras seis editoriales independientes, con el último Premio Nacional de Edición. “El ajuste era la eterna canción y por fin ha llegado”, dice Gabriel Gili, de la centenaria editorial barcelonesa Gustavo Gili, una referencia mundial en arte y arquitectura: “Es lamentable, pero era inevitable. Aunque de momento, duele”.
Adiós al lujo. Los libros ilustrados y de gran formato, y, por tanto, más caros, fueron, de hecho, los primeros en notar la crisis. Empezando por la crisis inmobiliaria, como apunta Gili. Sobre todo para una editorial cuyo público primero son los arquitectos, afectados por el desplome del ladrillo. Si una novela cuesta de media 18 euros, un libro con fotografías ronda los 50. Pero la austeridad va más allá. Salamandra ha decidido prescindir de la tapa dura en la mayoría de sus libros juveniles: “Las familias empezarán a ahorrar por ahí y los precios tendrán que ser más competitivos”, explica Sigrid Kraus.


Los ejemplares justos. Hecha la salvedad de que Broch (Hermann) comparte estantería con Brown (Dan), la tirada media de una novela es en España de 5.000 ejemplares. El ajuste de ese número es otro de los grandes remedios anticrisis. Sólo se reimprimirán los títulos que realmente aseguren su venta. Todos temen al fantasma de las devoluciones. Mientras llega la mítica distribución por demanda (con el que las librerías funcionarían como las farmacias, sirviendo el género en 24 horas), el remedio está en ajustar las tiradas y tener agilidad para reimprimir. Contando con que se necesitan 15 días para devolver a la librería un título agotado, esa agilidad es la única forma de no dejar las los puntos de venta sin un título que esté funcionando a buen ritmo.
Un autor en su móvil. La presentación vespertina de un libro, con cocktail y padrino ilustre suele ser como una boda: una fiesta a la que sólo van los amigos. El rendimiento promocional, autores consagrados aparte, es muy bajo. Hace tiempo que las editoriales redujeron al mínimo esos festejos. Ahora le llega el turno a la versión matutina de presentación a la prensa. Sobre todo cuando se trata de autores extranjeros. Los editores prefieren promocionar el libro entre los libreros, en todos los sentidos, los verdaderos vendedores de un libro. “Entre billetes de avión, hotel, comidas e intérprete, la visita de un escritor extranjero durante cinco días te puede salir por 4.000 euros. Algo que se dispara si viene de Estados Unidos y pide viajar en clase business. ¿Cuántos libros hay que vender para amortizar eso?”, se pregunta, de nuevo, la editora de Salamandra.
Pero no todos son tan radicales. “La promoción es clave y no podemos hacer una reducción drástica”, explica Armando Collazos, director general de Santillana. “Estamos haciendo algo que debemos hacer siempre y no sólo en el entorno de crisis: analizar qué iniciativas promocionales tienen mayor impacto en los lectores, rentabilizar nuestra inversión e innovar”. De ahí la apuesta por soportes como Internet, los móviles y el llamado márketing viral, que se difunde casi ordenador por ordenador buscando lectores interesados en un género concreto. “Estos soportes”, dice Collazos, “se prestan para llegar de manera económica a nichos de lectores afines a nuestro fondo editorial”.
El boca oreja (sic) cibernético es clave en el público joven. Recientemente probó su eficacia en el lanzamiento de la serie Crepúsculo, que lleva vendidos dos millones de ejemplares en español.


Volver al fondo. La política de contención de las novedades puede ser la oportunidad para aprobar la asignatura pendiente del mercado español: el fondo de las editoriales. Castigados por un sistema que, para mantener su presencia en las librerías, obligaba a los sellos a producir nuevos títulos sin parar.
Para mover su catálogo, Anagrama, de la mano de RBA, ha empezado a poner en los quioscos 100 de sus títulos más populares -de Paul Auster a Truman Capote pasando por Roberto Bolaño-. A la vez, ha reunido en un solo tomo la trilogía autobiográfica de Gregor von Rezzori y anuncia “otra vuelta de tuerca” en su catálogo, relanzando obras desaparecidas en librerías o agrupando en un tomo varios títulos de un mismo autor. Por su parte, Alfaguara ha puesto en marcha la recuperación de parte de la obra de Mario Benedetti y rescata El tambor de hojalata, de Günter Grass, coincidiendo con los cincuenta años de la novela. Entre tanto, Tusquets, que cumple 40 años como editorial -los mismos que Anagrama- celebrará su cumpleaños y, de paso, el centenario de Malcolm Lowry relanzando al autor de Bajo el volcán.
Mirar el bolsillo. La crisis puede ser el gran momento del libro de bolsillo. Aunque en España sólo ocupa una cuota de mercado del 14% -lejos del 30% de Francia o Reino Unido-, el libro de formato menor sigue subiendo. En enero, las ventas de Punto de Lectura subieron un 25% respecto al mismo mes del año anterior. Con todo, los sellos de bolsillo siguen el camino de sus mayores: contención. Punto de Lectura (de Santillana) se mantendrá en 180 títulos. Debolsillo (de Random House Mondadori), líder en el mercado español, en 280. Tanto Victoria Chapa como María Casas, sus respectivas directoras, coinciden: no se trata de inundar el mercado. Además, un título tarda cada vez menos en pasar de formato grande a bolsillo. Aproximadamente, un año. “Se ha convertido en el espacio natural para mantener el fondo”, dice Chapa. Por su parte, Michèle Chevallier, de CEGAL, recuerda que durante la pasada Navidad ya se percibió el repunte del bolsillo. De ahí su optimismo frente a la crisis: “No creo que bajen las ventas. Puede que los lectores compren dos de bolsillo en lugar de uno nuevo, pero seguirán comprando. Que no haya tantísimas novedades ayudará a que los libros, por fin, duren en las librerías”.
Texto: Javier Rodríguez Marcos (El País. Madrid, 7 de febrero de 2009)

Josep Carner i la traducció catalana al segle XX


L
es traduccions tenen un pes decisiu en la nòmina de textos literaris publicats en català durant el segle XX, tant per la seva quantitat com per la influència que han tingut a l'hora de posar en circulació uns determinats models de llengua i d'estil. El noucentisme es va servir de la traducció com un dels principals vehicles per fixar el seu model de català literari; alguns dels escriptors noucentistes més notables --entre els quals destaca, sobretot, Josep Carner-- es van dedicar profusament a la traducció, i l'empremta dels seus criteris lingüístics, estilístics i traductològics ha influït en la traducció catalana al llarg de tot aquest segle.


[...] En l'àmbit literari, l'activitat traductora va adquirir des de molt aviat un paper primordial com a instrument per dur a terme els objectius que l'empresa s'havia imposat. La voluntat d'aproximar-se a la cultura universal per mitjà de les traduccions ja havia estat present en les generacions immediatament anteriors, però en el cas dels noucentistes no solament es va intensificar, sinó que s'hi va afegir, i potser amb més protagonisme i tot, una estratègia nova i clarament definida: la de contribuir, amb les versions al català de textos universals, a la fixació d'un model de llengua literària moderna a partir de la codificació gramatical de Pompeu Fabra.

Aquest plantejament "estratègic" de les traduccions va fer que un dels líders més significats del moviment, Josep Carner, es dediqués profusament a aquesta activitat compaginant-la amb la seva obra de creació com a poeta i prosista. Carner, juntament amb Carles Riba i Josep Maria de Sagarra, ocupa el lloc d'honor en la nombrosa nòmina d'escriptors traductors amb què compten les lletres catalanes del segle XX. No és cap fet excepcional que, en una cultura minoritària i sobretot en una època de fixació i renovació de la llengua, els millors escriptors dediquin una part important de la seva energia creativa a l'operació de traduir, i el consegüent privilegi de poder esgrimir més traduccions "de luxe" que altres literatures més consolidades deu ser compartit per la majoria de cultures de característiques semblants a la nostra. Però tots els luxes comporten les seves servituds, i això és el que m'agradaria tractar, ni que sigui molt per sobre, en aquesta intervenció.

És certament un luxe que escriptors tant notables com els que acabo de citar hagin traslladat al català Dickens, Mark Twain, Lewis Carroll, Poe, Homer, Dante o Shakespeare, però els articles de luxe no son sempre, necessàriament, els més funcionals. O, dit d'una manera més conforme amb els corrents actuals de traductologia, l'excel·lència del producte no garanteix automàticament la validesa del procés ni la seva adequació a l'original del qual prové, i no és sinó confrontant la traducció amb l'original que es pot verificar fins a quin punt s'ha aconseguit un grau d'equivalència satisfactori.


L'operació de traduir comporta, entre d'altres servituds, una tensió constant entre la sensibilitat estilística del traductor i la de l'autor traduït. La tensió s'accentua, evidentment, quan aquell qui tradueix és un escriptor amb una obra i un estil consolidats i profundament personals, i augmenten les possibilitats que el producte final es resolgui en benefici del traductor i en detriment de la traducció. Aquest és molt sovint, des del meu punt de vista, el cas de Josep Carner.


Carner és sens dubte un dels millors estilistes que ha donat la llengua catalana, i el seu domini dels recursos de la llengua es pot qualificar d'extraordinari sense cap reserva. Però el seu estil, pel que fa a la selecció lingüística, és profundament idiosincràtic: Carner demostra una tendència a combinar arcaismes, gal·licismes, cultismes, formes dialectals i neologismes de collita pròpia que, si desemboca en resultats feliços, és perquè va acompanyada d'una gran habilitat per explotar el recursos sintàctics, rítmics i locucionals del català. Una habilitat que, salvant distàncies de tota mena, potser es podria comparar a la que, al segle XVIII, posseïa Samuel Johnson per armonitzar una insòlita abundància de llatinismes lèxics amb els mecanismes rítmics i sintàctics més genuïns de la llengua anglesa.

No cal llegir gaires traduccions de Carner per descobrir el protagonisme que hi tenen aquestes marques estilístiques pròpies, encara que estiguin en conflicte amb la consecució d'un efecte equivalent al de l'original. L'equivalència d'estil, en les traduccions carnerianes, no sembla pas que depengui d'una anàlisi textual més o menys aprofundida, sinó únicament del grau de coincidència que hi pugui haver entre l'estil del traductor i el perfil estilístic dels textos que trasllada al català. Per avalar aquesta afirmació poden servir dues versions carnerianes on penso que, pel que fa a les coincidències d'estil, els resultats contrasten significativament: em refereixo a les traduccions dels Pickwick Papers i d'Alice en Wonderland."

Text íntegre, en versió PDF: SELLENT ARÚS, Joan (Universitat Autònoma de Barcelona). "La traducció catalana al segle XX: alguns títols representatius". Quaderns. Revista de traducció, n.º 2, 1998 (pp. 23-32).