¿Rumbo al abismo?

 
En su número de marzo de 2005, la revista Delibros publica un dossier dedicado sobre todo a la traducción para editoriales. Este sector presenta las peores condiciones y perspectivas para el traductor.


Ya escoger el título y la entradilla para esta reseña resultó difícil. Influido por el dossier escrito por María Ángeles Castillo, yo había puesto como título: «La traducción literaria», y e inmediatamente me di cuenta que lo correcto sería decir: «la traducción para editoriales». ¿Por qué? Porque gran parte de lo que se traduce y publica no es literario, sino otras cosas: desde medicina a recetas de cocina, desde ingeniería a manuales de autoayuda. Todo esto queda englobado y hasta eclipsado, por una estrella deslumbrante: la traducción literaria. «Una profesión cargada de prestigio, honrada por grandes de la literatura (...) avalada por su carácter marcadamente intelectual y sus hondas raíces culturales...» Tanto prestigio que la traducción literaria se ha convertido en «la traducción» por antonomasia. Ya lo dice el título mismo del dossier: «La traducción en España», sin calificativos ni atenuantes. Así lo indica el primer párrafo del artículo, que centra toda la discusión sobre el traductor literario, dejando las demás ramas de la traducción al margen: sólo merecen una mención como un recurso económico para quien no puede vivir de la literatura. Esta actitud es comprensible en una revista dedicada al mundo editorial, aunque también injusta para los muchos traductores de libros que no son, estrictamente hablando, traductores literarios. En realidad, el dossier los pone en un mismo saco, ya que las estadísticas que se ofrecen son por toda la producción editorial, y no sólo por las traducciones de literatura.

Carmen Francí, secretaria de la Asociación Colegial de Escritores (ACEtt), entidad que es citada profusamente en el informe, lo ratifica al pasar: «Si en España se publican unos 60.000 libros al año y alrededor de un 25% (...) son traducciones, tendremos unos 15.000 libros al año de todo tipo, no todos de literatura, por supuesto». Esto indicaría que hay unos 3000 traductores en actividad, pero muy probablemente hay muchos más, que producen mucho menos. «Hay centenares de traductores que traducen de vez en cuando algún libro, pero no se consideran traductores profesionales, no se asocian y no se interesan por asuntos colectivos».

Quizás sea este «amateurismo» del traductor de libros lo que explica la deplorable situación económica de ese colectivo. A pesar del supuesto prestigio de la profesión, éste no se traduce en euros a la hora de cobrar. Carmen Francí afirma: «Esta actividad a duras penas ha conseguido la categoría de profesión. En gran medida, sigue siendo poco más que un complemento para profesores o profesionales de otros campos. O para estudiantes y personas con rudimentos de cualquier idioma». Quizás eso explica los horrores en las traducciones que denunciaba Javier Marías en su artículo del domingo 13 de febrero de 2005, en El País Semanal: «Siempre ha habido traductores infames, pero lo de ahora es lo nunca visto, sobre todo porque, además, a la mayoría de los editores les trae sin cuidado qué bazofia sacan bajo su sello. Encargan el trabajo a ineptos o a jetas (dobles, en ambas lenguas), y luego no lo revisan ni corrigen. El del libro parece el único mercado que ofrece de continuo productos podridos o defectuosos sin que nadie reclame ni se dé cuenta». Por supuesto, el dossier no afirma esto, pero es una consecuencia casi natural de una situación económica «incluso peor que en años anteriores, porque las tarifas que se cobran en concepto de anticipo llevan estancadas desde mucho tiempo, lo que supone una reducción de ingresos en términos relativos. Y como las tiradas son cada vez más reducidas, la posibilidad de amortizar el anticipo y empezar a cobrar derechos es remota», indica la entrevistada.


 Pescadores en el mar, 1796
Joseph Mallord William Turner (1775-1851)

De ahí la importancia de las asociaciones que defienden los intereses de los traductores. El artículo brinda un gran espacio a la ya mencionada ACEtt, pero también trae otros testimonios, por ejemplo, de la directora de la Casa del Traductor de Tarazona (Zaragoza), que afirma: «La gente que piensa que los libros se traducen solos, es la que piensa que cualquier persona puede ponerse a traducir. No saben que para traducir de una forma literal, todo el mundo vale, pero para traducir de una forma literaria y que el libro no se le caiga al lector de las manos, hay que tener una gran cultura y una gran formación y, sobre todo, una especial sensibilidad literaria». Las asociaciones suman unos «700 traductores de libros asociados... El trabajo de las asociaciones es duro, porque tiene en contra la pasividad de gran número de traductores ocasionales, poco interesados en los problemas de la profesión o de la edición». El artículo menciona a la Asociación de Traductores Gallegos (ATG), la Asociación de Traductores e Intérpretes de Cataluña (ATIC), la Asociación de Traductores, Correctores e Intérpretes de la Lengua Vasca (EIZIE) y la Asociación Española de Traductores, Correctores e Intérpretes (ASETRAD). No se menciona a TRIAC (Traductores e Intérpretes Asociados pro Colegio), ni a otras asociaciones de traductores que puedan existir y que no conozco.

El dossier trae numerosos cuadros y estadísticas, muchos de ellos tomados del Informe sobre la traducción de libros en España, realizado por las sociólogas Carmen Macías Sistiaga y Matilde Fernández-Cid, que afirman: «Las quejas de los consultados se condensan con frecuencia en el sentimiento explicitado de no poder vivir dignamente de la dedicación exclusiva a la traducción de libros, tarea para la que se han formado ampliamente en la mayoría de los casos y que tiene, a menudo, un importante componente vocacional». Las estadísticas publicadas muestran que menos del 49 por ciento de las traductoras ejerce esta profesión en forma exclusiva, lo que baja al 37 por ciento para los hombres. También parece ser ésta una profesión que, en términos demográficos, «envejece» y se «feminiza»: Los traductores con menos de seis años de ejercicio de la profesión son mujeres en un 38%, contra un 15% de varones. En cambio, los de más de 15 años, son mujeres en el 27 por ciento, y hombres en el 52 por ciento. Predominan los traductores con muchos años de profesión: El 72 por ciento tiene más de 7 años de ejercicio, contra sólo el 3 por ciento de menos de 3 años. Parece que a pesar del aumento de las carreras de traducción, el campo editorial no resulta atractivo. Carmen Francí afirma: «Yo sólo recomendaría que se dedicara a la traducción literaria quien tuviera mucho empeño, porque el trabajo es duro y más gratificante en lo intelectual que en lo económico».

La Ley de Propiedad Intelectual (LPI) establece que el traductor debe recibir una remuneración equitativa y proporcional, con un control estricto de las tiradas. No obstante, «casi la mitad de los consultados no ha recibido nunca información de las editoriales sobre datos de tirada de la obra producida» ni tampoco de cifras de ventas, indispensables para la liquidación de derechos. Asevera un entrevistado: «Mi impresión es que la mayoría de las editoriales no se han enterado de la LPI y pocas, muy pocas, la asumen plenamente». La ley «no ha servido para frenar los abusos ni elevar nuestros ingresos».

El dossier señala que la traducción literaria se encuentra más protegida y mejor pagada en otros países de la comunidad europea. Pero, aun así, muchos editores siguen pensando que son ellos los protagonistas de la labor editorial, y que autores y traductores están a su servicio, para --sencillamente-- ayudarles a ganar dinero. La traducción es sólo un coste que debe mantenerse al mínimo y, si fuera posible, eliminar por completo.

Es contra esta actitud, y la de los traductores ocasionales a quienes «no les importa el dinero» porque no viven de eso, y por lo tanto deprimen el mercado para todos los traductores, que debemos luchar.

CALABIA, Héctor C. "Traducción para editoriales: ¿Rumbo al abismo?", en Asetrad, 15/03/2005