Llarga nit de pedra



Longa noite de pedra

O teito é de pedra.
De pedra son os muros
i as tebras.
De pedra o chan
i as reixes.
As portas,
as cadeas,
o aire,
as fenestras,
as olladas,
son de pedra.
Os corazós dos homes
que ao lonxe espreitan,
feitos están
tamén
de pedra.
I eu, morrendo
nesta longa noite
de pedra.

FERREIRO, Celso Emílio. "Longa noite de pedra"
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Llarga nit de pedra

El sostre és de pedra.
De pedra són els murs
i les tenebres.
De pedra el terra
i les reixes.
Les portes,
les cadenes,
l'aire,
les finestres,
les mirades,
són de pedra.
Els cors dels homes
que de lluny aguaiten,
fets estan
també
de pedra.
I jo, morint
en aquesta llarga nit
de pedra.


*Llarga nit de pedra (expressió que resulta clau al llibre homònim, no només per donar-li títol) representa, en primer terme, l'empresonament que va patir Celso Emílio durant els dies de 1937 al convent de Celanova (Ourense). No obstant això, aquesta imatge la van interpretar els seus lectors com un símbol que volia denunciar la interminable nit del feixisme a Espanya des de 1936.
Xose M.ª Álvarez Cáccamo

Punto y aparte



¿Vacío creativo?
Sobre Paul Auster

Esta tarde, el programa Cànon Lletres de Canal 33 emitía un interesante monográfico sobre Paul Auster (Paul Auster: confidencial) que me hizo recordar una entrevista publicada en El País el 1 de marzo de 2007:

"A lo mejor he llegado al final"

Es uno de los narradores más celebrados. Con 60 años, Auster confiesa que su imaginación da señales de agotamiento. En Viajes por el Scriptorium, que acaba de publicarse en España, reflexiona sobre la vejez y la responsabilidad de crear personajes. Eduardo Lago, director del Instituto Cervantes de Nueva York, conversa con uno de sus vecinos más ilustres.
Acaba de cumplir 60 años, aunque aparenta 10 menos. Tiene barba de varios días y un ligero resfriado que no le impide fumar, uno tras otro, los puritos holandeses a los que es adicto. Habla de su mujer, Siri Husvedt, que se encuentra cuando se realiza esta entrevista en España, para dar una conferencia sobre Goya en el Museo del Prado. Se muestra particularmente orgulloso de que hayan elegido su película The inner life of Martin Frost para abrir el Festival de Nuevos Directores que organiza el MOMA, en el mes de marzo. No está mal para alguien de mi edad, dice divertido el último Príncipe de Asturias de las Letras. Su última novela, Viajes por el Scriptorium (Anagrama), acaba de publicarse en España.
Pregunta. Hace un año, usted y yo nos encontrábamos exactamente aquí, en esta habitación. Yo le pregunté por el libro que iba a escribir después de Brooklyn Follies, y usted habló de la imagen que desencadenó Viajes por el Scriptorium. ¿Qué ha pasado entre entonces y ahora?
Respuesta. Como le dije entonces, todo empezó con la visión de un anciano que está sentado al borde de la cama, con las manos en las rodillas, mirando al suelo. Enseguida me di cuenta de que aquel anciano podía ser yo mismo, dentro de veinte o treinta años, y desde el momento en que se me alojó esa idea en el cerebro me puse a pensar en un libro que, un año después, ha visto la luz. La idea subyacente es la de un escritor obsesionado por todos los personajes a los que ha dado vida a lo largo de los años, en todas las novelas que ha escrito. Crear personajes no es una acción gratuita, es algo que entraña una responsabilidad, y eso es lo que abordo en la novela. ¿Qué significa dar vida a un ente de ficción? Lo paradójico, creo yo, es que, si el libro que se escribe es bueno, las criaturas imaginarias estén destinadas a tener una vida mucho más larga que la de su creador. Hay más. Pese a su brevedad, Viajes en el Scriptorium es una historia bastante complicada. Por una parte, es una pesadilla, pero también se puede leer como una alegoría o parábola política.
P. La novela es un viaje al pasado en varios sentidos. En primer lugar, es una recuperación de la memoria personal, pero también una indagación acerca del pasado histórico de su país. ¿Qué le hizo interesarse por la Confederación y por la suerte que corrieron los nativos amerindios?
R. Al escribir tenía en mente dos momentos históricos distintos. Uno es el presente. Es difícil obviar ciertas acciones del Gobierno americano actual y cómo influyen en los acontecimientos del mundo. Estoy pensando en la práctica llamada actuación extraordinaria, una de las cosas más espantosas que jamás ha hecho mi país, y que consiste en que hay agentes norteamericanos que detienen a sospechosos de terrorismo y los mandan a otros países para que los interroguen y torturen. La situación de mi protagonista es muy parecida, en el sentido de que no tiene la menor idea de dónde está ni por qué se encuentra en esa situación. En cuanto el pasado de mi país... Hablando claro, los Estados Unidos se fundaron sobre presupuestos maravillosos, pero hay manchas negras que ensucian seriamente nuestra historia desde sus orígenes. Hay dos episodios capitales, el exterminio (o intento de exterminio) de los indígenas, y la esclavitud. Esas dos lacras siguen proyectando su sombra sobre el presente.
P. ¿Cómo se le ocurrió poner de protagonista a un anciano que ha perdido la memoria?
R. El otro gran tema del libro es la vejez. La situación que vive mi protagonista la comparte muchísima gente con la que convivimos. Los ancianos son seres muy frágiles. Se los envía al asilo, obviando su fragilidad. Son seres confundidos, les falla la memoria, no saben dónde están, no entienden bien qué les sucede, están indefensos. Se trata de algo muy común, pero olvidado, y yo quise abordar eso en mi historia.
P. Entre los personajes que se le irán apareciendo a mister Blank, el primero, y uno de los más atractivos es Anna Blume, la protagonista de El país de las últimas cosas. Parece que usted siente particular debilidad por ella. ¿Qué representa?
R. Es uno de los primeros personajes que creé. Empecé a escribir su historia cuando yo era muy joven, a los 21 años, sólo que tardé muchísimos años en dar con la manera de escribir El país de las últimas cosas. Anna Blume es el personaje con el que he convivido más tiempo. Me ha acompañado a lo largo de toda mi carrera, y es el que siento más próximo a mí, y lo mismo le ocurre a mister Blank. Anna, a pesar de todo lo que ha sufrido, porque así lo ha decidido la imaginación de su creador, se siente muy próxima a él.
P. ¿Y cómo se le fue apareciendo el resto de los personajes a mister Blank? ¿O debería decir a Paul Auster?
R. Fue un proceso inconsciente. Se me aparecían sin que los llamara. Empecé el libro sin tener ningún plan preestablecido. Ni siquiera tenía la certeza de que lo que estaba haciendo fuera a acabar siendo un libro. Las cosas fueron surgiendo espontáneamente. Estaba probando ideas, pero una cosa llevó a la otra.
P. ¿Se siente satisfecho del resultado?
R. No lo sé. Cuando acabo un libro, nunca me siento demasiado satisfecho. Pero responde a lo que quería hacer, una vez que conseguí entenderlo, para bien o para mal.
P. Algunos críticos han dicho que es un libro muy austeriano: elegantemente escrito, con brillantes juegos metaficticios, pero que en realidad no añade nada nuevo a lo que ya nos había dado Paul Auster.
R. Ha habido división de opiniones, pero eso me ha pasado desde que publiqué mi primer libro. Hay gente que detesta lo que hago y gente a la que le encanta. No hay nada que pueda hacer yo. Tengo que aceptarlo.
P. En un momento de la historia, casi sin venir a cuento, alguien cuenta un chiste. ¿No resulta un tanto gratuito? ¿Por qué se le ocurrió introducir algo así?
R. Bueno, de pronto Blank recuerda una conversación con Fogg, el personaje de El palacio de la luna, que es quien cuenta el chiste. Pero no es una incorporación gratuita. No sé si se ha fijado en que el libro está dedicado al padre de mi esposa. Murió hace tres años, y yo tenía una relación muy estrecha con él. Fue él quien me contó el chiste, y lo incorporé como homenaje a él.
P. ¿Puede hablar un poco de la voz narrativa? Empieza utilizando la primera persona del plural, y hacia el final cambia al singular, ¿por qué lo hace? ¿Se trata de una venganza orquestada por los personajes?
R. Así es. La primera persona del plural es la voz colectiva de todos los personajes que ha creado mister Blank, que se confabulan contra él. Al final descubrimos que hay un personaje en particular que toma la iniciativa, pero no puedo decir por qué, porque entonces estropeo la novela a quien no la ha leído.
P. Usted reserva la aparición de Daniel Quinn, personaje de la Trilogía de Nueva York, para el final. ¿Quiere eso decir que Viajes por el Scriptorium es una suerte de regreso a los orígenes, una especie de recapitulación de toda su obra?
R. Es posible... Reconozco que es una decisión un tanto extraña. La verdad es que cuando terminé Brooklyn Follies no las tenía todas conmigo. Tenía dudas acerca de mi capacidad para escribir otra novela.
P. ¿Por qué? ¿Es que no se encuentra en buena forma su imaginación?
R. La verdad es que no lo sé. En estos momentos muestra signos de agotamiento. He trabajado demasiado últimamente. Escribí el guión de una película que se va a estrenar en marzo. Después de Viajes por el Scriptorium, no he empezado nada nuevo. Ojalá pueda seguir escribiendo. Tengo algunas ideas, pero son muy vagas. Quién sabe, a lo mejor he llegado al final. Quizás no haya más novelas de Paul Auster. No lo sé. Ojalá no sea así, pero en este momento no puedo asegurarle nada.
© Sebastian Caceres (Demasiada Tinta).
La novela Man in the Dark (19 de agosto de 2008), traducida para Anagrama por Benito Gómez Ibáñez como Un hombre en la oscuridad, desmiente el rumor de un punto final. El temido y mal llamado "vacío creativo" existe, como existe el pánico ante el papel en blanco; pero Paul Auster ha demostrado que no tiene por qué ser crónico y que incluso puede resultar positivo para el autor, como ha sido el caso.

Hervé Joncour, de Papel en blanco habla así de la última creación austeriana:

Hace varios meses (quizá un poco más) leí una entrevista a Paul Auster en El País creo recordar, y decía algo como que todo lo que tenía que decir en literatura ya lo había dicho. Estuve de acuerdo inmediatamente. Pero ha pasado el tiempo y, ahora, tengo que quitarle la razón. A Auster, por el momento, le faltaba mucho que decir, le faltaba Un Hombre en la Oscuridad.
Hay quien critica mucho a Auster, y no seré yo quien defienda aquí a sus detractores porque me considero uno de esos rara avis a los que les gusta todo lo que ha publicado el neoyorquino (y creo que no soy el único de los editores de Papel en Blanco). Pero tampoco me dejo llevar por una pasión fanática lo suficiente como para no ver los defectos, que los tiene, pero las virtudes son tantas y tan grandes que casi pasan desapercibidos.
El argumento de Un Hombre en la Oscuridad ya lo conocemos más o menos: August Brill es una persona mayor que vive en el piso de arriba de la casa de su hija para recuperarse de un accidente. No puede dormir y aprovecha la oscuridad para escribir. Y escribe una historia sobre Owen Brick, una persona que se despierta en un agujero y descubre que es un soldado cuya misión es matar a una persona.
Comienza el juego y Auster pone decididamente todas las cartas sobre la mesa: Owen Brick tiene que matar a August Brill. La vida que ahora mismo tiene es una invención de un escritor y no terminará hasta que éste no termine con su vida. Brick está confuso, se ha despertado en un universo donde la Guerra de Irak no ha tenido lugar, pero en cambio una profunda Guerra Civil ha dividido a los Estados Unidos. Todo es caos, todo parece un mal sueño, todo es alarmante y retorcido.
A partir de este momento, ambas historias se cruzarán. Las vidas de Brick y Brill, unidas en la ficción y en la realidad, cambian por completo. Podemos observar claros paralelismos entre ambas historias, podemos ver (como ya es costumbre) una vida dentro de otra, y otra más. Todo en Auster es una recopilación de vidas pasadas, presentes y futuras. Un incidente que me es imposible revelar sin destrozar el libro desencadenará unas últimas páginas de infarto sin ser las que tienen más “acción”. Una acción que no cesa, bien en la historia de Brick o bien en la novela familiar con Brill de protagonista.
En definitiva, estamos ante una obra de gran altura de Paul Auster. No me atrevo a decir que es la mejor que ha escrito (¿cuál es mejor que cuál? ¿Es La trilogía de Nueva York mejor que El libro de las ilusiones, o Tombuctú, o Leviatán, o…?) pero sí está a la altura de su mejor narrativa. Yo ya lo he podido comprobar. El 2 de septiembre sale a la venta, y no os decepcionará en absoluto cuando ese mismo día la compréis y la terminéis, sin descanso, sin tiempo para tomar aliento.

El porqué de la teoría




Tal vez la teoría no sea la mejor manera de botar este velero bergantín y hacerse a la mar. A muchos les resultará una manera aburrida y soporífera de ahuyentar a posibles lectores y colegas de profesión, más interesados en la práctica pura y dura. Porque, a grandes rasgos, la práctica es negación de la teoría: experiencias concretas de casos reales frente a ideas abstractas y especulativas. Sin embargo, quizá en el fondo no estén tan alejadas la una de la otra y puede que incluso se complementen.

Dicho esto, cabe preguntarse qué lugar ocupa la teoría en la práctica de la traducción, hasta qué punto le es útil al traductor. De entrada, se diría que aporta tres aspectos fundamentales:

  • Reflexión. Nos permite reflexionar sobre nuestra profesión y su objeto de trabajo, desde diferentes puntos de vista.
  • Conocimiento. Expone los entresijos de un arte: su historia y evolución a través de los tiempos, ideas previas de colegas de profesión, quiénes somos como colectivo, de dónde venimos y hacia dónde vamos.
  • Autocrítica. Nos ayuda a adoptar una postura crítica en general, respecto a la teoría en sí misma y respecto a nuestro oficio (entorno, actitud, bagaje, recursos, dificultades...).

Partimos de que en traducción no existen recetas infalibles para el éxito y de que cada traductor es un mundo. Partimos también de que nada está escrito en mármol, de que no hay verdades absolutas sino relativas y de cada uno depende descubrirlas. La teoría no muerde, aunque a veces nos enseñe los dientes con su lenguaje enrevesado; quizá la clave resida en mirarla directamente a los ojos y abordarla de manera más crítica que complaciente.

"Leer para aprender y leer para desaprender" (José A. Gómez Hernández).


Traducir es decidir



La traducción como toma de decisiones

Wilss (1988, 1996) aboga por un enfoque cognitivo de la traducción que, en su opinión, ayudaría a abolir la creencia de que la traducción es sólo una cuestión de reproducción mecánica de un texto en otra lengua. Wilss opina que la reproducción en una lengua es sólo el estadio final de una cadena de operaciones mentales en las cuales interactúan los procesos de análisis, interpretación, comparación, analogía, inferencia, sopesamiento de posibilidades, planificación, solución de problemas, ec. De este modo, la traducción no puede representarse a través de un modelo lineal de descodificación / codificación. Según Wilss, la traducción es un comportamiento inteligente, que consiste en la capacidad de dirigir la actividad traductora según determinados principios y en interaccionar el "saber qué" (conocimiento declarativo) y el "saber cómo" (conocimiento operativo). La traducción se considera, además, una actividad de resolución de problemas, y un proceso de toma de decisiones y de elección en el que intervienen mecanismos como la creatividad y la intuición.

[...] Wilss señala que necesitamos describir el comportamiento sobre la toma de decisiones en términos de una interacción entre el sistema cognitivo del traductor, sus conocimientos, las especificaciones de la tarea y el "espacio de problemas", que desempeña un papel decisivo a la hora de determinar el comportamiento sobre la toma de decisiones; en su opinión, estos cuatro factores influyen profundamente en la actuación de la toma de decisiones en traducción y requieren mucha más atención de la que se les ha prestado hasta la fecha.


[...] Cualquier proceso de toma de decisiones es una actividad compleja que debe satisfacer cuatro necesidades: verificación, verosimilitud, adecuación situacional (contextual) y orientación de valores (sopesamiento de factores).

[...] En el caso de la traducción, la cuestión es más complicada al tratarse de una actividad lingüística derivada (la transformación de un texto en otro texto) y que, como cualquier forma de uso del lenguaje, está rodeada de factores como limitaciones de la memoria, falta de atención y conocimientos, factores actitudinales, interferencias, etc., por lo que no puede ser tratada de forma simple mediante oposiciones binarias.

[...] Basándose en Corbin, Wilss distingue seis fases en el proceso de toma de decisiones: 1) identificación del problema; 2) clarificación del problema (descripción); 3) búsqueda y recogida de información previa; 4) deliberación sobre cómo proceder (comportamiento previo a la elección); 5) momento de la elección; 6) comportamiento posterior a la elección (evaluación de los resultados de la traducción). Ahora bien, puede darse el caso de que se produzcan obstrucciones en cualquier fase, que pueden interrumpir o retrasar el procedimiento de toma de decisiones; se producen, pues, límites y solapamientos entre ellas.

HURTADO ALBIR, Amparo. Traducción y traductología: Introducción a la traductología, Madrid: Cátedra, 2001 (pp. 346-348).

Algo más que traducir...


Notas, adiciones y glosas

"El proceso de traducción es, como recuerda Jiri Levy, un proceso de toma de decisiones. [...] La traducción, considerada de este modo, es una actividad que conjuga interpretación y creación."

LÓPEZ GUIX, Juan Gabriel y Jacqueline MINETT WILKINSON. Manual de traducción, Barcelona: Gedisa, 2001 (p. 19).


La información adicional que un traductor puede introducir en su versión es por lo general cultural (aclaración de la diferencia entre las culturas de la LO, lengua original, y la LT, lengua de traducción), técnica (en relación con el tema) o lingüística (explicación del uso irregular de los vocablos), y depende, a diferencia del original, de las exigencias de sus lectores. Cuando se trata de textos expresivos, esta información sólo se puede dar fuera de la versión, aunque a veces no estaría mal hacer una breve "concesión" al lector en relación con detalles culturales sin importancia, por ejemplo, at Handley's (Hemingway) podría quedar así: "en el bar Handley", o dans le bar Handley o der Handley Bar en francés y alemán respectivamente. Si los textos son vocativos, la información de la LT tiende a reemplazar, y no a complementar, la información de la LO. Así, en la oración you can pay for ceramic tiles under a convenient credit purchase scheme, el último término se puede traducir por algo como "facilidades de pago a largo plazo", que es más preciso.

La información adicional en la traducción puede ser (sic) de varias formas:

1. Dentro del texto:
  • Como otra posibilidad de la palabra traducida: poll-tax --> "el poll-tax, o impuesto municipal sobre la vivienda en el Reino Unido".
  • Como subordinada adjetiva: the vogueig --> "el vogueing, que es un baile en solitario en el que los artistas imitan posturas de los pases de modelos y movimientos de gimnasia y ballet."
  • Como nombre en aposición: the lobby --> "el lobby, grupo de presión en EE U U".
  • Como construcción de participio: the dodo --> "el dodo, ese extraño pájaro hoy extinto".
  • Dentro de un pequeño paréntesis, como traducción literal de un término transferido: "una patera" --> a "patera" (an inshore fishing boat).
  • Dentro de un gran paréntesis (ésta sería la forma más extensa de adición): two Gurkhas --> "dos gurjas --unidades de combatientes asiáticos del Ejército británico que se hicieron célebres en la Guerra de las Malvinas por su crueldad y eficiencia".
  • Como sustantivo clasificador: Speyer -->"la ciudad de Espira, Alemania".

Vonnegut, Kurt. Un hombre sin patria (2006). Traducción de Daniel Cortés para Ediciones del Bronce, Barcelona.
© Lamarde


Los paréntesis deben incluir material que conforme parte de la traducción. En cambio, si tienen que hacer corrección de datos o ideas, usen corchetes.

Si pueden --aunque los traductores tienden con demasiada frecuencia a pasar por alto este método--, inserten la información adicional dentro del texto, ya que de esta forma no se interrumpe la atención de los lectores. Sin embargo, este método tiene una desventaja y es que puede dar lugar a confundir el texto con las contribuciones del traductor. Por lo tanto, no se debe usar para adiciones extensas.

2. Notas a pie de página.
3. Notas al final del capítulo.
4. Notas o glosario al final del libro.

Los tres últimos métodos (2-4) están puestos por orden de preferencia, pero las notas a pie de página son un fastidio si son extensas y numerosas. Las notas al final del libro deben estar encabezadas por los números de las páginas del libro pertinentes: son demasiadas las veces que me he encontrado leyendo una nota que pertenecía a otro capítulo. Y las notas al final del capítulo irritan con frecuencia a los lectores porque, cuando los capítulos son largos, les lleva mucho tiempo encontrarlas.

[...] Si tuvieran entre manos la traducción de un libro importante, no deberían dudar en escribir un prólogo y notas para hablar del uso y significado de los términos que emplea el autor, especialmente en esos pasajes en que estando en juego la exactitud y la economía del texto tuvieron que sacrificar la primera en favor de la segunda, o en caso de ambigüedad. Si lo que traducen es una obra académica, no hay ninguna razón para que el lector no se entere de la ayuda prestada por el traductor con sus informaciones, tanto dentro del texto como en comentarios: la ilusión artística de que el traductor no existe es innecesaria.

NEWMARK, Peter. Manual de traducción (traducción de Virgilio Moya), Madrid: Cátedra, 2004, pp. 129-132.

El traductor y su traición


Tras la sombra de Babel


«No es exagerado decir que poseemos civilización porque hemos aprendido a traducir más allá del tiempo.» La frase es de George Steiner, para quien la traducción debe entenderse en términos culturales amplios, como interpretación, también en el seno de la propia comunidad. Octavio Paz avanza aún más: «Aprender a hablar es aprender a traducir... La traducción dentro de una lengua no es, en este sentido, esencialmente distinta a la traducción entre dos lenguas, y la historia de todos los pueblos repite la experiencia infantil». Según Paz, la etnogénesis recapitula la ontogénesis. Y la lapidaria hipérbole de la frase «aprender a hablar es aprender a traducir» se diluye de forma pasmosa ante la casi banal constatación de que los primeros balbuceos del castellano son tentativas de traducción del latín.


[...] Si atendiéramos al papel desempeñado por la traducción en los orígenes y el desarrollo de nuestras tradiciones literarias, acabaríamos viendo saltar por los aires la noción misma de literatura nacional, de la que podría decirse que es un gigante encaramado a hombros de traducciones.

Y lo que es peor, si aceptamos la intervención del lector en la producción de sentido del texto, debe aceptarse también la labor creadora del traductor que sitúa el texto dentro de unos límites interpretativos determinados, lo cual conduce a ver la traducción como un procedimiento que pone en evidencia no sólo lo insólito de la noción de equivalencia entre sentidos (entre el sentido del original y el de la traducción), sino la idea misma del sentido del texto, de un sentido estable.

La apuesta de la traducción es, en última instancia, una apuesta antiesencialista, tanto en el plano del sentido como en el plano de la cultura. En el fondo, la traducción impone una posición paradójica: siendo como es un elemento central en términos literarios y culturales, se erige al mismo tiempo en un centro que nos descentra, que nos obliga a enfrentarnos a nuestra limitación, incompletud e impureza, a convivir con la inestabilidad del sentido y a admitir la presencia y los aportes de lo ajeno. En estas circunstancias, no es de extrañar que motive el olvido y desencadene el mecanismo defensivo de la negación.

No deseo adentrarme en las derivaciones freudianas que, por otra parte, podrían ser bastante fructíferas, pues la negativa a reconocer la intermediación del traductor podría explicarse por su acceso privilegiado a un texto original (y originador), un acceso exclusivo y vedado a los demás.


© Pieter Brueghel el Viejo

Quizá las leyes de lo escrito y de la ficción, quizá el lenguaje mismo, empujan necesariamente y de modo general a una suspensión de la incredulidad, esa obstinada voluntad de zambullirnos en lo propuesto por el discurso narrativo y la no menos obstinada negativa a dejar acceder nuestra conciencia a cuanto sea ajeno a él, intermediarios incluidos.

Quizá la ciencia descubra algún día un gen responsable de nuestra obcecada voluntad de creer. Mientras tanto, no deja de ser un modesto misterio la divergencia que existe entre la presencia real de la traducción y su presencia subjetiva. En España, por ejemplo, que es la cuarta potencia editora del mundo, en el ámbito de la creación literaria, las traducciones han representado en las últimas décadas entre un 40 y un 30 por ciento de los libros editados; en el ámbito de la literatura infantil y juvenil, el porcentaje se ha movido entre el 50 y el 40 por ciento.

Sin embargo, más allá del traslado de las obras individuales, como escribió Boris Pasternak, «las traducciones no son la forma del conocimiento de algunas obras, sino el medio de comunicación secular entre culturas y pueblos». De nuevo encontramos aquí una idea que podría enlazarse con el midrás que imaginaba la torre de Babel como uno de los pilares que sostenían el firmamento bajo el cual habitan los hombres. No se trata de hacer una apología ciega de la traducción, que en última instancia repite en sus usos los que decidimos dar al propio lenguaje, susceptible de ser utilizado para lo creativo, lo positivo y lo bello, pero también lo rutinario, lo mendaz o lo destructivo. Pasternak no lo dice, pero —escritas como fueron sus palabras en los terribles años cuarenta del siglo pasado, en una época además en que su propia escritura estaba prohibida y tuvo que recurrir a las traducciones como exutorio a sus energías creativas y vitales— el hecho de que permanezca en el ámbito de lo tácito aún pone más en evidencia que hay otro «medio de comunicación secular entre culturas y pueblos».


Milan Kundera se quedó corto cuando afirmó que «los traductores son los modestos constructores de Europa». No sólo de Europa, sino, adoptando una visión más global, de la propia civilización. Ladrillo a ladrillo, construimos a veces muralla, a veces laberinto y a veces torre. Gracias al «conjuro de Enki», que multiplica nuestra visión sobre el mundo, proseguimos con nuestra tarea de edificación y renovación, una obra que amplía nuestro espacio habitable y al mismo tiempo lo prolonga en el tiempo. No ya como castigo, sino cómo opción de crecimiento y enriquecimiento, para no caer en la marchitez y el silencio, seguimos empeñados en nuestros traslados y no dejamos de mezclar, confundir y dispersar a la vivificante sombra de Babel.

LÓPEZ GUIX, Juan Gabriel: "Tras la sombra de Babel", en I Jornadas Hispanoamericanas de Traducción Literaria (Rosario, 2006).


Texto íntegro: Revista de Historia de la Traducción



Esa gran desconocida...


La traducción literaria

“La traducción literaria no es una tarea inferior. Es un arte. […] Es un trabajo que exige inteligencia y experiencia, pero también humildad, valor, corazón e imaginación.”

PONTIERO, Giovanni: “La tarea del traductor literario” en Sendebar, n. º 4, Granada: Universidad de Granada, 1993 (p. 168).


Está claro que se puede y se debe formar al traductor, lo que en cambio crea desacuerdo es el proceso y el iter formativo, aunque no hay dudas sobre la factibilidad del propósito. Sin embargo, cuando hablamos de escuelas o titulaciones de traductores, nos referimos generalmente a los traductores técnicos, jurídicos o, en cualquier caso, genéricos.


Si el objeto es la traducción literaria, el tema se complica puesto que, como ya hemos destacado, esta práctica requiere una preparación distinta. Si entendemos la traducción como
“recreación”, entonces el traductor es un autor y, como tal, debería compartir sus sensaciones y sus experiencias y poseer sus características: una sensibilidad extraordinadaria, espíritu creativo, ingenio, fantasía e imaginación, la capacidad de trasladar sobre papel las emociones más íntimas, los deseos más escondidos, las ideas más desacralizadoras y los pensamientos más complejos.


[...] La traducción literaria es, pues, una experiencia progresiva; la preparación de un traductor no se limita, ni se completa, con el itinerario académico. Necesita estímulos y prácticas constantes para que se desarrollen las compentencias indispensables. Amparo Hurtado Albir y el Grupo PACTE, de la Universidad Autónoma de Barcelona, hacen hincapié en la importancia de su adquisición; sin embargo, este campo de investigación todavía no se ha descifrado y los estudios están en una fase teórica y empírica, aunque son de indudable utilidad pedagógica:

“La adquisición de la competencia traductora requiere un proceso de construcción y organización de todas esas subcompetencias. Este proceso de adquisición, que algunos traductores han realizado de modo autodidacta, puede efectuarse de manera guiada, mediante una enseñanza-aprendizaje.”

HURTADO ALBIR, Amparo: Enseñar a traducir, Madrid: Edelsa S.A., 1999 (p. 44).


Esas "subcompetencias" que el traductor debe construir y desarrollar para adquirir la competencia traductora son:

  • S. bilingüe, que consiste en los conocimientos pragmáticos, socilolingüísticos, textuales, léxicos y gramaticales necesarios para la comunicación en dos lenguas, es decir, comprensión en la lengua de partida y producción en la lengua de llegada.
  • S. extralingüística, que consta de los conocimientos biculturales, enciclopédicos y temáticos acerca del mundo en general y de ámbitos determinados.


Evidentemente, ambas se pueden aplicar también a otras actividades y pertenecen a cualquier hablante bilingüe, no exclusivamente al traductor. Las que siguen, en cambio, se adscriben exclusivamente al territorio de la traducción:

  • S. de conocimientos sobre la traducción o transferencia comprende los principios que rigen la traducción y su ejercicio (métodos y procedimientos, tipos de problemas, posibles soluciones, características del mercado, de encargos, de destinatarios etc.), o sea, la capacidad de recorrer el proceso de transferencia desde el texto original hasta la elaboración del texto final.
  • S. profesional afecta a todos los conocimientos relacionados con las nuevas teconologías y con las fuentes de documentación (diccionarios, enciclopedias, gramáticas, corpus electrónicos etc.) aplicados a la traducción.
  • S. estratégica activa a todas las demás y supone su manejo y control. Consiste en la elaboración del proceso traductor, su evaluación en función del objetico final, detectar eventuales deficiencias y/o problemas y buscar y aplicar los procedimientos individuales necesarios para su resolución.
  • S. psicofisiológica corresponde a los recursos, a la habilidad y la actitud psicológica -como la memoria, la percepción, la atención la emoción, la curiosidad intelectual, el rigor, el espíritu crítico, la creatividad, el razonamiento lógico, etc.- que condicionan el trabajo del traductor.


Las seis subcompetencias están interrelacionadas, se compensan y se integran recíprocamente, respetando ciertas jerarquías que varían según el tipo de traducción (directa o inversa), su función, la combinación lingüística, la especialidad, el contexto receptor. En el ámbito de la traducción literaria, juegan un papel fundamental las dos últimas, que más espacio conceden al elemento y a la capacidad individual y que generalmente identificamos con el talento del traductor: su capacidad creativa. En nuestra opinión, el talento se puede forjar, reforzar, dirigir hacia un fin determinado, y será el potenciamento de esta habilidad el elemento determinante en la formación del buen traductor literario.


Por lo tanto, no consideraremos la traducción literaria una tarea imposible, siempre y cuando el traductor haya desarrollado las subcompetencias necesaria; pero también opinamos que, tratándose de una creación artística, no todos los traductores serán capaces de llevarla a cabo con resultados satisfactorios.


CATENARO, Barbara. "La obra literaria: posibilidades y límites del traductor", Universidad de l'Aquila, Facultad de Filosofía y Letras


Texto íntegro: Espéculo, n.º 37